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Ley y Ciudadanía

Imagen 27-12-2007 La libertad como nación

Si el concepto de nación se disfraza de obligaciones morales se convierte, indefectiblemente, en un concepto opresor, intolerante y liberticida. Un artículo de Francisco Javier Fernandez Tarrio.

No hay mejor nación que aquella que no te pide nada a cambio por pertenecer a ella. La nación ha de ser un oasis de libertad, siendo éste el principal valor que germina en la unidad de sus gentes en torno a la idea de ciudadanía. Si el concepto de nación se disfraza de obligaciones morales se convierte, indefectiblemente, en un concepto opresor, intolerante y liberticida. Esto diferencia al patriotismo del nacionalismo: el primero defiende el legítimo orgullo por lo cercano, pero sin desatender el principio de libertad, de ciudadanía, anterior y superior al concepto de patria; el segundo exprime la diferencia, la exigencia de patrones que todos debemos cumplir si queremos ser etiquetados como "buenos ciudadanos".
 
El ideario nacionalista necesita para sobrevivir la ausencia de libertad. Impone una visión homogeneizante de la sociedad, purista, racista incluso. Su mensaje tratará siempre de establecer cánones de buen patriota. Dictará qué se puede hacer y qué no se puede hacer, qué autores se pueden leer y cuáles han de ser silenciados. Todo individuo independiente es sospechoso de no ser "de los nuestros”. Poco importa lo que diga, el talento que tenga: lo primero es el filtro de la tribu, de la lengua, de la cultura única. Toda la idea del nacionalismo descansa en la negación del individuo como ciudadano librepensante.
 
Conviene no confundir nacionalismo con la idea de amor a lo cercano. Es casi innato a nuestra naturaleza sentirse cercano al lugar donde hemos nacido y crecido. Pero de ahí a pretender hacer de eso una especie de tótem mitológico que ha de guiar nuestra vida hay un abismo. La idea de nación entendida bajo la vieja premisa de "territorio, lengua y sangre", es, digámoslo con claridad, una aberración, una ideología cuyos resultados han sido evidentes a lo largo de la historia. El auténtico progreso económico y social se ha basado siempre en la cooperación, en el afecto, en la confianza. El nacionalismo hace de sus territorios una isla, más preocupado por no "perder su identidad" que por abrirse al mundo y progresar. Tiende al aislacionismo, a la autopromoción, a sacralizar lo “propio” contra lo “ajeno”. Todo ello, más temprano que tarde, desemboca en decadencia no sólo social, sino también (y acaso como consecuencia de la anterior) económica.
 
Toca, pues, defender lo obvio: la libertad y la cooperación social en forma de afecto, de unidad, de apertura, de progreso. Toca reivindicar un concepto de nación cuyos cimientos se basen en dos principios: libertad y justicia. Defender una nación que nos permita ejercer una ciudadanía libre, que nos garantice igualdad de oportunidades, que nos permita ser tratados con igualdad jurídica para los mismos supuestos, que nos garantice derechos individuales inalienables como la vida, la libre elección de nuestra conducta moral, de nuestra educación, de nuestra manera de expresarnos, de nuestra lengua. Hoy, esta nación de libertad, de igualdad ante la ley, de respeto a los demás, a su diversidad, y de solidaridad entre sus gentes, tiene un claro nombre y es necesario reivindicarla: España.

Francisco Javier Fernandez Tarrio
Vicepresidente de Poder Limitado

[Una versión más extensa de esta artículo puede leerse aquí]

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